Hay que morir en la cruz ahora, porque fuera de los propósitos de Dios y de su providencia ¡Nada!

Desde que iniciamos el estudio de La Palabra de Dios y visitamos frecuentemente la Iglesia, comprendemos que es imperante hacer los cambios en la vida que Dios nos pide hacer, aun cuando estos no fueran del todo de nuestro agrado.

Por ejemplo, en mi caso, en poco tiempo pude darme cuenta que desde el punto en el que nos encontramos cuando comenzamos a dar los pasos necesarios para dejar de hacer las cosas que nos gustan a nosotros y comenzar a hacer las que gustan de Dios, para así poder llegar a donde Él nos quiere llevar, no existen atajos.

Hacer los cambios que Dios nos está llamando a hacer en nuestras vidas no es tarea fácil, y todo ello solo puede ser logrado teniendo Fe y confiando plena y ciegamente en nuestro padre creador.

Durante el camino, grandes retos, desafíos y pruebas tendremos que enfrentar, y frente a cada situación vivida, tendremos siempre el reto de permanecer firmes en el camino que Dios dispuso que habríamos de tomar.

¿Por qué hay que permanecer firmes en el camino? Pues porque eso es demostración de que estamos preparados para permanecer fieles a Dios y que aún en los momentos de prueba, Dios nos sostiene y no nos abandona. Porque si algo nos ha mostrado Dios es que no estamos solos, y que sin importar lo grande que sea nuestro problema y/o nuestra carga, siempre estará con nosotros.

Dejar todo aquello que nos gusta a nosotros, para pasar a lo que verdaderamente tiene valor y gusta de Dios implicará librar una gran batalla, y esta iniciará con tan sólo preguntarnos… ¿A qué nos habremos aferrado y por qué? Al responder la pregunta y reflexionarla a partir de lo que La Palabra nos enseña, habremos comprendido que hay cosa que simplemente hay que dejarlas ir y cargas que debemos depositar en las manos de nuestro creador.

Al estudiar La Biblia nos encontramos, por ejemplo, con profundas recomendaciones que puedan ayudarnos a encontrar motivos para salir a tomar el camino que nos lleve a encontrarnos con nuestro propósito, y les cito: Entonces dijo así el Señor: Si vuelves, yo te restauraré, en mí presencia estarás; si apartas lo precioso de lo vil, serás mi portavoz. Que se vuelvan ellos a ti, pero tú no te vuelvas a ellos (Jeremías 15:19 LBLA).

Dios desea que aprendamos a sacar cosas preciosas, lo mejor de entre lo vil o difícil. Pero sobre todo quiere que comprendamos que todo proceso de maduración requiere de tiempo, y eso lo tiene Dios. En el proceso comprenderemos y daremos mayor valor a las enseñanzas que con el transcurrir de nuestras vidas nos dejarán las adversidades que habremos de pasar, y mucho más que a los éxitos que podamos alcanzar.

¿Saben qué? Con el tiempo aprenderán que las personas que ven en los problemas grandes oportunidades, han logrado desarrollar capacidades necesarias y dieron mayor valor al precio pagado, porque el tiempo en sí mismo no hace madurar a nadie, solo las responsabilidades.

Hay que morir, urgente y necesario. Esta será la principal de todas nuestras batallas en el camino, porque atrás habrá que dejar todas aquellas costas que constantemente nos alejaron de Dios. ¿Dónde hay que morir? ¡En la Cruz! Teniendo siempre claro que, los procesos de Dios, aunque sean difíciles, nos bendicen.

Morir nos costará toda la vida, esa es una lección o una batalla que podríamos librar en uno o dos días, o al cabo de unos cuantos años, no se aprende en una traición, o alguna experiencia vivida. Ahora es el momento de acercarnos a Dios, porque el camino por recorrer es bastante largo.

La mejor evidencia de lo que ante les he dicho está en Números 20:7. Israel creyó que al otro lado del mar rojo, todo sería diferente y fue peor. Mirémonos también en Moisés y convirtamos su vida en un ejemplo para nosotros como para su pueblo él lo fue; 40 años en el palacio, 40 años en el desierto, 40 años formando; sufriendo, abandonado, vituperado, difamado, etc., pero aun así, Moisés nunca dio un paso atrás.

Comencemos ahora la obra, tomemos nuestro camino a la cruz y comprendamos que, fuera de los propósitos de Dios y de su providencia ¡Nada!

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